Viento del norte

Melania esperaba tus instrucciones como siempre.

Su padre había muerto, volviste porque ella te lo pidió.

El vendaval arrecia y la lluvia ya es torrentera. Los jornaleros con la caja del muerto a cuestas se mueven como un esquife sin control en la tempestad. Bajan el ataúd de sus hombros y  lo intentan sujetar por las asas de adorno. Una rompe y el artefacto cae destrozando el pie de un porteador.

El hombre se retuerce en el suelo y da aullidos como un melandro despellejado en vivo. La fosa excavada el día anterior se está llenando de agua.

Por detrás bajo el soportal de un mausoleo vacío se recortan las siluetas de dos extrañas figuras. En una silla de ruedas cubierto por un capote impermeable está Donemeterio. Fue el hombre para todo, el mamporrero del amo. Fue él quien se encargó de llevarte al internado cuando sucedió aquello que es mejor no recordar. Está inmóvil convertido en una planta venenosa, sin raíz y sin ponzoña. Detrás de la silla destaca la silueta inmensa de Prospito, el sobrino de Donemeterio. Una mole humana conteniendo el cerebro de un mosquito. Según decían, solo sabía caminar, lavarse  y a veces  hablaba. Sin embargo todo eso fue después de aquello. Hasta entonces no era así y jugaba feliz con vosotros.

Uno de los costaleros se acerca con la cabeza gacha.

—¿Qué hacemos, señorita Melania? —musita casi sin preguntar. Ella te mira.

—Cargad a vuestro compañero en la carretilla del enterrador y bajáis a la carrera con él hasta el pueblo —dices—. Antes arrastrad  la caja hasta el borde de la sepultura.

Tomas la mano de ella y vais hasta el pequeño recibidor del mausoleo. Allí siguen refugiados los estrafalarios acompañantes de las exequias del malnacido hijo de puta que te hizo lo que nunca olvidaste.

Como en aquella ocasión diriges la ceremonia. Melania tenía entonces 10 años y parecía mayor que vosotros. Decía que eras su novio. Tú no decías nada.

A ti te gustaba vestir su ropa, la braga, los calcetines, la falda, la cinta del pelo. Tenías 12 años, como Próspero, al que aún no le llamaban Prospito. No se te ocurría decir  que él era tu novio. Te gustaba ver a Próspero desnudo, te gustaba ver su verga grande, inmensa, mayor que la tuya y que se endurecía cuando tú te acercabas con Melania.

Como entonces tomas la mano de ella y la llevas a la cara de Próspero para que la toque. Esta vez ellos no están desnudos y tú ya no recuerdas ni el tamaño ni el contacto de las bragas de ella.

Los dos están llorando y las lágrimas se mezclan con las babas del tarado que balbucea palabras sin aparente sentido, a medida que ella le acaricia la mejilla. Los dejas porque ya es  hora de que hagas  lo que hay que hacer. Empujas contra el barro llevando al guiñapo humano que hace años se encargó de tu entrada en lo que llamaban «reformatorio». Un verdadero enterramiento en vida del que llegaste a  pensar que nunca saldrías.

Aquí justo al borde de la fosa, miras hacia atrás, te gusta ver la mano suave  de ella en la cara de él. En esta ocasión sabes que no aparecerán estas bestias infernales. Con cuidado inclinas la silla y Donemeterio cae boca abajo para ir desapareciendo poco a poco tragado por el barro.

Ahora toca forzar un poco más y el féretro con el cabrón más cabrón de todos los cabrones en su interior,  pasa a ocupar su lugar en el hoyo.

Con cada palada de tierra que vas echando vuelves a oír los gritos. «¡Maricón!  Antes te mato, te arranco la piel si no te vistes rápido como un hombre». El cinturón con hebilla caía una y otra vez. Solo a ráfagas recuerdas que a Próspero le amenazaron con un mechero encendido debajo de sus genitales. Tú intentabas quitarte la ropa de Melania y buscar la tuya y pudiste ver como el pito de Próspero era golpeado una y otra vez sin conseguir que bajase su erección. Los gritos, sobre todo los gritos que te acompañaron desde entonces «¡Hermanos, que sois hermanos y la maldición está con vosotros! ¡Marrano, te la voy a quemar!». Los recuerdos se van desvaneciendo enterrados también en el barro.

Aplanas la tierra con la pala y tiras encima del túmulo la corona de flores, desmochada y llena de lodo. El viento del Norte arranca la cinta funeraria y la hace volar. Sobre el fondo oscuro de la tormenta, brilla el mensaje de letras doradas : TU FAMILIA NO TE OLVIDA.

 

 


					
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3 Comments

  1. Buen relato, Don. Tiene ese punto de venganza que poco o nada remedia. Pero que desde luego ansiaba cobrarse. Una infancia robada, un ambiente rural y un entierro conforman una muy buena selección para este relato que deja resonancia… es de esas historias tan amargas que se te pegan al ánimo. Un abrazo!

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  2. Hola Don. He descubierto tu blog a través del concurso de Zenda. Me has atrapado con esta historia de oscuras pasiones y resentimientos. Como te ha dicho David, creas una atmósfera que deja resonancia en el lector. Suerte y saludos (estuve un tiempo por Literautas, me he alegrado de encontrar tu texto)

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