Vacío a la nada

 

—Necesito un voluntario que me ayude —vocea el sacerdote.

—¿Valdría una voluntaria? —susurra la mujeruca.

—Repito y aclaro. Necesito que alguien me ayude —dice la figura seca de hábito  ennegrecido.

—Yo lo haría, si no tuviese que… —musita el joven rubicundo.

—Tú no harás nada hasta que se te diga —habla el adusto padre de familia.

En el exterior la multitud convertida en turba baila entre los restos del campamento festivo recién arrasado. Sobre uno de los catafalcos hay un hombre echado de bruces y convulsionando. Su lengua está clavada a una tabla cubierta por seda de color bermellón. Entre las piernas una estaca sujeta un cartel en el que se puede leer: «Gloria al Poeta».

Al fondo de la sima los únicos supervivientes del festín religioso se miran entre sí. El clérigo blande el hisopo.

—Parece que no se dan cuenta de que esto se hunde. Si no me hacen caso, me retiro solo —grita hacia las tres figuras situadas más abajo.

—Quiero volver a casa de la abuela —dice el orondo adolescente entre hipidos.

—Tú te empeñaste en venir. La virgen ni apareció ni va a aparecer  —solloza la mujer enteca apoyando en su protesta al que parece  hijo de la pareja.

El fraile se quita el ropaje con el que está disfrazado para el oficio. Debajo solo lleva una malla ajustada, de rayas horizontales amarillas y negras.

—Si quieren salir bien de esta situación, debe ayudarme alguien —dice en el último intento de arrastrar fuera del pozo a los insensatos personajes.

—Señor mío, si no hace más precisa su petición, nadie se moverá de aquí —habla con pomposidad el petimetre que ejerce de padre de familia—. Debo recordarle que la falta de precisión en el lenguaje puede llegar hasta provocar tragedias.

Afuera, los otrora pacíficos habitantes del valle, transformados en invasores, dan los toques finales al saqueo del campamento de “los extraños”. En un momento se consolida una pintoresca columna humana que va dando vueltas alrededor del catafalco sobre el que agoniza el supuesto poeta. Un venerable anciano comienza el canto de “Vacío a la nada”, la única obra conocida del yaciente sufridor  :

Sin balas en la recámara,

Sin recámara en la pistola,

Sin pistola en la funda,

Sin cartuchos en la cartuchera.

 

Con lágrimas resecadas,

Con surcos sin sementera,

Con temblores sin montura,

Con estribos en la chaqueta.

Nada y todo van revueltos,

Un algo sin el con

vale más,

que toda la nada muerta.

La música de fondo para la salmodia se asemeja al runrún de una gigantesca gata en celo. Con la melopea improvisada los procesionarios se apropian también del himno sagrado de “los extraños”.

Los únicos recuerdos de su aparición en la comarca están en «EL LIBRO» :

«No llegaron de golpe. Se establecieron en la ladera de la montaña cerca de la balsa en la que  vertían los residuos de la fábrica de mercurio. Cumplieron como mano de obra barata para las minas de cinabrio. Al paso del tiempo también se ocuparon de los trabajos que nadie quería en el valle. Seguían a un gurú  nombrado “Poeta”, autor del LIBRO. Cuando cerró la primera mina, el maestro se retiró al fondo de la misma y tuvo una visión celestial. Así empezó el culto a “Nuestra Señora de Cinabarita”.»

Con el culto comenzó el negocio y la riqueza para los habitantes de la montaña. No hay recuerdos del inicio de la ruina de los habitantes del valle, aunque parece coincidir con el éxito de los montañeses .

En el interior de la mina-santuario, el religioso termina de despojarse de los hábitos, se afianza en un resalte de la pared y ve como las tres figuras se hacen más pequeñas a medida que el terreno se va hundiendo bajo sus pies.

—Ahí se quedan. Nada se puede hacer ya. —Tira al vacío la estola blanca que aún tenía en las  manos—. Luego repta rápido hacia el punto de luz que señala la salida.

—¡Imbéciles!

El desfile de los saqueadores continúa  desde el campamento devastado hasta cerca del santuario. A la bocamina solo llega un pequeño grupo empujando  una vagoneta cargada de dinamita. En la estrofa final del estribillo: “…toda la nada muerta”, encienden la mecha, empujan el carretón y se vuelven corriendo.

Tal vez por eso no pueden disfrutar de la visión de una extraña figura, vestida de amarillo y negro, surgiendo de las entrañas de la tierra. Sólo hay tiempo y lugar para la gran explosión final. Amén.

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