El Mentiroso

El soldado y la monja que le acompañaba eran los únicos ocupantes de la habitación número 17 del hospital militar. Estaban en  una estancia grande, situada en el desván de la vieja casa colonial requisada. Una cobertura de mantas y cartones cubría la tejavana. Con eso se trataba de impedir la localización por la artillería enemiga  y a la vez se atenuaba la humedad del río cercano.

La religiosa se despojó de la toca,  encendió un candil de carburo y lo colocó en la mesita. Después se sentó en la cama donde estaba acostado el joven. La luz de la llama, viva y penetrante,  aumentó la palidez de la cara de la mujer.

Tienes que ayudarme a escapar, «amore mío» —dijo el hombre—. Seré trasladado con los “rojos” heridos de la sala 11. Aprovecharán la procesión del Jueves Santo para llevarnos al «Chalé el Campo». De ese lugar solo se sale para ser fusilado y enterrado en una cuneta. Necesito sin demora  una capa , túnica y antifaz de  nazareno.

—A veces me enfado tanto que me dan ganas de pelearme con alguien. Me pone enferma. ¿Por qué te hacen esto? Quiero saber por qué —dijo ella sollozando.

—No seas boba, si haces lo que yo te diga vas a tener Moncho para rato.

—He traído el diccionario de latín tal como me pediste —dijo Sor Inés— ¿Traducirás los versos que dejaste pendientes?.

—El diccionario tiene otra misión que tal vez sepas más tarde. Ahora no lo necesito para traducir el poema de amor más hermoso de toda la literatura :

“Vivamus, mea Lesbia, atque amemus. Rumoresque senum severiorum…”

«Vivamos, Lesbia mía, y amémonos, y las críticas de los viejos gruñones, al carajo todas, al carajo. Los soles pueden ocultarse y nacer: pero tan pronto se extinga nuestra breve luz, hemos de dormir una noche eterna»

—Sé que me espera el infierno —dijo ella mirando al suelo.

—Déjame la mano y haré que toques el cielo, paloma mía —dijo él—. La risa y voz falsamente engolada unidas al movimiento rápido de la lengua parecían anunciar el inicio de algún juego perverso.

—¡Serás cerdo! —No pudo contener la risa mientras trataba de pegarle con el cíngulo del hábito.

Tras un extraño rifirrafe cerca de una trinchera enemiga, Moncho Melgares había sido evacuado con una aparatosa herida en la pierna izquierda. Aunque  parecía alarmante a primera vista, solo fue una simple fractura de la tibia. El Doctor Landeiro era un cirujano civil voluntario en el ejército golpista. Revestido de cierta fama como operador, en poco tiempo fue conocido por un mote : «el amputador». Moncho no se libró.

Landeiro «el amputador»  fue condenado por cortar piernas a los heridos sin necesidad. No fue fusilado, pero le mandaron al frente.

En el Estado Mayor alguien decidió que el cabo Melgares no volviese a la sala común del hospital. Fue destinado a «la sala 17» nombre que se pronunciaba con temor entre la tropa ingresada.

De la operación salió sin media pierna y con un apodo, «el mentiroso». Una enfermera testigo del zafarrancho operatorio se lo adjudicó.

—Hoy vas a saber quién es «el mentiroso» —dijo Moncho riéndose—. Acércate con la lámpara.

Sor Inés hizo lo que él le pedía. A la luz del candil apareció el cuerpo desnudo del soldado. En el pubis afeitado destacaba un tatuaje con la cara de Pinocho. El pene era la nariz del personaje y su extremo casi coincidía con el final del muñón de la pierna amputada.

—A Pinocho le crecía la nariz al mentir. Por ello le enseñaron que las mentiras pueden ser de dos clases: las hay que tienen las piernas cortas, y las hay que tienen la nariz larga. En mi caso como puedes apreciar tengo los dos tipos —dijo Moncho entre risotadas—. Es el momento de tus vitaminas. Mejor desde el envase, sin jeringuilla.

Se burlaba así del capitán  jefe del hospital,  que se había empeñado en poner inyecciones de Hepatrat a la monja, para combatir «la delgadez y delicadeza de esta santa de armiño», frase que Moncho repetía con sorna imitando el amaneramiento del médico.

La monja chupaba para extraer la sustancia vitamínica y la «nariz de Pinocho» crecía,  mientras el cabo Melgares daba las últimas instrucciones.

—Cuando vayas a la farmacia mañana, pregunta por «Pin de Luarca». Le entregas esta entrada del cine Colón de Coruña del 31 de Mayo de 1936. Él te dará un programa de mano de «Tarzán» del mismo día. Y después…¡ya está, no puedo más! Se acabó.

Este texto participó en el Taller de Literautas nº 42 “Móntame una escena”

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2 Comments

  1. Hola Don

    Lo he leído varias veces y creo que está perfecto. Ese juego amoroso entre la monja y Moncho le da el toque especial. La monja picara pero con sentido de culpa que juega a parecer retraída y la sensibilidad picante de Moncho dan el toque sensual y erótico al relato.

    Me he permitido marcarte con amarillo dos palabras que no acaban de sonarme: unido creo que es unidas y el femenino de el testigo creo que es la testigo pero de estas cosas sabes tú más que yo…

    Espero verlo colgado en tu blog.

    Saludos

    ________________________________

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