La elocuencia del silencio

«El anciano encontró la llave en…»

Te costaba leer el papel que asomaba del expediente con tu nombre. Además la bocamanga del uniforme impedía sacar alguna conclusión de lo escrito. El guardia civil recogió la hoja con tu firma, la metió en la carpeta, después la mano peluda de uñas largas te señaló la salida.

Han pasado dos días y por mucho que pienses llegas a la misma conclusión. Te están vigilando. Los muy cabrones se refieren a ti como anciano. Puede que tengan razón, pareces un jodido viejo. Y además saben que encontraste la llave. Vas a tener que cambiar de aires.

Estuviste en el bando de los que perdieron la guerra. Empezó la dictadura y te tocó desaparecer por unos años. La venganza es silenciosa. Eso es algo que saben en todos los pueblos y caseríos de la zona. Cuando volviste pasado mucho tiempo, tu mujer esperaba.

—No hagas caso de lo que te digan. Hablan sin saber —te dijo.

—¿Qué tengo qué saber?

—Nada —contestó ella.

Se creía que solo podían saber yguardia civil conocer los hombres de la Guardia Civil. Todo lo escuchaban.  Recorrían una y otra vez el monte buscando el último rastro de los maquis. Los perros los venteaban y ladraban fuerte. Tu perro no lo hacía, nació mudo. Como el perro, eres huesudo y larguirucho y hablas menos de lo necesario.

Un día, con el cambio de luna, tu mujer no bajó con las vacas. Nada se habló y nadie preguntó nada. Ni siquiera cuando el cura desapareció o cuando repartiste el ganado entre los vecinos.

Ahora vives solo con el  perro en esta casa destartalada en una cuesta imposible. Desde que desapareció tu mujer, los guardias civiles, en pareja, recorren más a menudo los caminos. Hablan poco, miran y escuchan. El otro día te avisaron que debías pasar a firmar por el cuartel en la villa. «¿Sabes algo del cura?» te preguntaron y te incitaron a contar lo que supieses. Tu respuesta fue recitar los versos que sabías:

«La elocuencia del silencio

enmudece lo que hablas.

Hay silencio en lo que dices

y decir en lo que callas».

No les gustó. «A que te suelto una hostia y estás hablando cinco días seguidos, ¡mamón!» dijo un guardia. Fue el otro quien te soltó la hostia. Será hijo de puta pensaste, pero te fuiste sin abrir la boca.

Seguro que en este momento hay un guardia civil en el camino del alto enfocando los prismáticos hacia la casa. Empieza el espectáculo. Como cada mes al primer cambio de luna, te pones ropa limpia.  Sales de casa y te agachas frente al perro . Está sentado y quieto, se deja  colocar un trozo de pan duro sobre el morro.

—Don Juan Marañón en la sierra del “Peral”, pasó todo el día cazando y no cazó nada. Pasó una perdiz… —silbas fino y largo y el perro endereza las orejas—…sonó el perdigón ¡boom!

Das una palmada, el perro hace un balanceo de cabeza tirando el mendrugo al aire  y sin dejar que toque el suelo lo come con rapidez. Haces una caricia al animal, tomas un crisantemo de la mata junto a la puerta y vais tras la casa. Un huerto pequeño y sombrío en el que solo hay una ligera elevación de tierra removida de forma oblonga. En el borde del montículo colocas la flor. El perro se sienta y tú sueltas los botones de la bragueta mientras cuentas.

-—Uno, dos, tres, cuatro y cinco…—  al final haces un chasquido sonoro de la lengua.

Apartas la portañuela y dejas salir el vergajo del que te sientes orgulloso . Con calma mueves la cabeza a izquierda, derecha, arriba y abajo. Al acabar fijas la vista en la punta morada del órgano erecto y tras cortos y estudiados meneos proyectas cuantiosa eyaculación a los cuatro puntos cardinales. Así completada la señal de la cruz, recudes el goteo final sobre el crisantemo recién colocado. De nuevo, un chasqueo de lengua y el perro obediente levanta la pata y deshoja  la flor  con su meada.

Cumplida la misión y rehechas las figuras, volvéis rodeando la casa sin mirar atrás y sin decir palabra. Ya se comentó que hablas poco y que el perro es mudo.

Cuando vuelvan los guardias civiles encontrarán la casa cerrada y vacía. Para el expediente harán un nuevo informe que tampoco podrás leer y tal vez empiece así:

«El anciano desapareció con la llave y el perro…»

(El texto fue comentado en el Taller de escritura de Literautas)

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Publicado en Relatos, Taller Literautas
2 comments on “La elocuencia del silencio
  1. Se nota mucho trabajo en este relato. El silencio asoma como el verdadero protagonista. Una historia que calla más de lo que se cuenta. El anciano, sus costumbres, insinúan muchas cosas, puede que terribles, pero que el tiempo las ha enterrado. Toda una vida… pero al final solo nos quedará el silencio. Excelente ejercicio de narrador en segunda persona. Lo mejor esa atmósfera espesa, terminal. Saludos

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