¿Por qué?

—¿Raúl? —preguntó con suavidad después de una profunda aspiración.

—Diga, sí, sí… —respondió agitado desde el otro lado de la mesa.

A ella le brillaban los ojos. La mirada del hombre estaba fija, parpadeo lento y vista perdida en la boca de la mujer.  No movía apenas los músculos de su cara.

Eran los únicos clientes del Café-bar en el  Museo Marítimo de Barcelona que permanecían dentro del local. Los sonidos del exterior llegaban amortiguados por las grandes cristaleras del establecimiento.

—¿Sabes quien soy? ¿recuerdas?

—Pocos recuerdos me van quedando. Y los que no se atreven a marchar los olvido—. Inició una mueca como esbozo de sonrisa a la vez que con un ligero temblor intentaba acercar su mano al brazo de la mujer—. Tú eres Montse… o tal vez Meritxell…no… espera, Mertxe eso es, te recuerdo muy bien Mertxe.

—Soy Marta…

—Claro Marta, ¿cómo iba olvidar a Marta? —Empezó una carcajada sin sentido que cortó enseguida—. ¿Por qué cambiictineo_iaste de nombre, Mertxe?

Fuera, en el patio, algunos niños jugaban en la arena sucia saltando alrededor de un submarino de madera con forma de pez. En las mesas de la terraza del bar los adultos acompañantes se dejaban acariciar por el sol picante de primavera, preludio de tormenta. La algarabía de los gritos infantiles competía con los chillidos de loros agapornis  y cotorras argentinas en reñida competición por ocupar la arboleda del jardín.

—Para la señorita un refresco de limón y para mí un batido de cacao y coñac —pidió, con exasperante lentitud, a la camarera que esperaba paciente.

La empleada de edad indefinida pero de aspecto muy joven se retiró. Antes ofreció una mueca gélida mostrando una dentadura perfecta de belleza eslava. Ni una palabra, ni un gesto de asombro ante la extraña pareja.

Él hizo un mínimo movimiento de cabeza para señalar una vieja y sucia mochila sobre la silla vacía a su derecha. Ella abrió la cremallera y  vió un amasijo mugriento de bolsas de plástico vacías encima de las cuales había un trozo de madera con dos cables eléctricos despeluchados sin función ninguna.

—Raúl escúchame, no podíamos hacerlo, había niños ¿Recuerdas? —dijo con voz ahogada.

—Claro que recuerdo Mertxe —contestó apoyado en un color de voz más profundo— por eso cayó el grupo. Esta vez no será así —siguió hablando desde la expresión rígida— cuando llegue Marta ella se encargará de acoplar el reloj al detonador.

—Marta soy yo —dijo ella casi inaudible.

—Señora su refresco, señor su… consumición —habló  la empleada del restaurante, interrumpiendo la atípica conversación.

—Marta vendrá sin duda —dijo Raúl— solo falló aquella vez y por eso se salvó de la cárcel. La he citado como siempre. No te preocupes Mertxe que Marta vendrá  —dijo sin casi mover un músculo.

—Anteayer me sorprendió la visita inesperada del cartero con un correo certificado—. Sacó del bolso una tarjeta postal y prosiguió hablando— Es una fotografía del «Ictíneo I», ese submarino alrededor del cual juegan los niños. En el dorso está escrito :  fecha 7 de Mayo, hora  5 de la tarde y la letra «R».

—Lo sé Mertxe, la envié yo —habló casi sin mover un músculo.

—Mertxe ya ha muerto Raúl —dijo con suavidad sin apenas aire en sus pulmones— soy Marta y solo quedamos tú y yo del grupo —continuó hablando en un continuo  jadeo— ¿qué queda de nosotros?

Las nubes taparon el sol, el rayo y el trueno se juntaron encima de la ciudad y la tormenta de primavera descargó. Afuera en el patio no quedó nadie, las cotorras y loros pandilleros se dispersaron por la ciudad de Barcelona. Transcurrió un instante eterno hasta que se encendieron las luces en el café.

—Raúl estamos en 2016, han pasado más de cuarenta años desde aquello. ¿Recuerdas que había niños? —hablaba con enorme esfuerzo apurando el resuello.

Esperó respuesta en vano. A pesar de la penumbra apreció el temblor en los labios y  en la mano derecha del hombre. Tomó aire y continuó hablando.

—Yo fuí quien avisó a la policía —Él continuó con semblante inexpresivo—. Te voy a repetir la pregunta que te hice aquella vez y no tuve respuesta: «¿Por qué había que poner la bomba, Raúl? ¿Por qué?»

En silencio miró el rostro de ademán hierático, después se dirigió a la salida. No miró atrás cuando oyó su voz lenta.

—No sé el por qué. Marta ¿tú lo sabes? ¿Alguien lo sabe?

 

 

Este relato se  ha mejorado con la ayuda del Taller Literautas

Anuncios

2 Comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s