Motín lunar

 

—¿Adónde vamos? —preguntó Wilma Two.

—¡A la mierda! —respondió Samuel One el director

—Estoy cansada, tengo frío y me duelen los pies. No doy un paso más sin saber de qué va esto.

—Es verdad…mmyyo…

—No se puede…esstmm…

—Ya estuvo bien…gorrmssi…

—A mí que no me…

Desde  atrás los murmullos iban en aumento.

—Si no sabe que entregue la chistera.

—¡Stop! ¡Alto, rediós! —gritó Samuel One al «andro-guía» que señalaba el camino. Se paró en seco, asentó el tacón cubano y giró con lentitud  hasta encarar al grupo que venía retrasado.

—¿Qué cojones pasa, Seven? —dijo con voz tronante a la vez que metía panza para abotonar la media levita de color fucsia.

—¿Me hablas a mí, One? —habló grave y desafiante un tipo desgarbado de ojos saltones y cuatro pelos en la barbilla—. Mi nombre es Beltrand .

Tenía la nariz plagada de protuberancias como una patata grillada de color malva. Vestía blusón verde brillante sobre un pantalón pirata a juego. Desde las botas, dos tallas mayores, asomaban calcetines rayados cubriendo apenas las canillas.

—¡No me digas! —contestclac_34ó One, alargando las vocales en tono de burla— Y también te llaman «el Napias» ¿Por qué será?

Rompió a reír, hizo un movimiento visto y no visto del brazo derecho y desde el sobaco izquierdo extrajo un “clac”, artilugio plegado que ayudado por muelles ocultos se transformó en elegante sombrero de copa alta

—¿Alguien quiere la chistera de mando?— esbozó una sonrisa de monja meliflua mientras atusaba el sombrero forrado de piel de topo lunar. Sin esperar respuesta se lo encasquetó con estudiado descuido. Nadie en el grupo articuló palabra. Entre las instrucciones recibidas cuando salieron de la Tierra, quedaba claro que mientras durase el contrato se identificarían por números en lengua inglesa.

—Sabido ya quién manda, intentaremos aclarar lo que haga falta para llegar a Baikonur-2, lugar previsto para hacer versión libre del teatro de Chejov por el grupo «La Tramoya». Y si la memoria no me falla, ese grupo somos nosotros. Así que tonterías las justas y a ver que nos cuenta este guapo mozo.

Sin dar la vuelta chasqueó los dedos y el «andro-guía» se colocó a su lado. Este androide para el servicio de guía en la Luna era copia de un guerrero alto y musculado del pueblo Nuba en Sudán. Solo vestía un taparrabos en forma de tubo rígido sobre el que convergieron las miradas de los cuatro hombres y tres mujeres, supervivientes del grupo procedente de la Tierra. Salomon, portador del sombrero de copa, empuñó la pirindola en la entrepierna del androide y la elevó con un movimiento enérgico hasta la posición erecta. El humanoide emitió unos crujidos y una especie de tos catódica,  después comenzó a hablar en un decepcionante tono de “castrati” desafinado que para nada correspondía a su magnífica estructura corporal.

«Grupo de ustedes vosotros no bien control en salto de hiper-espacio…Brsssh… Onda taquiónica no colapsó materia de tres de sus compañeros…Ellos no aparecieron en Luna…».

Los ruidos e interferencias aumentaron. A una señal del director, Wilma voluntariosa  aferró a dos manos el interruptor del robot y lo dejó en posición de badajo colgante. Ya de pasada acarició la admirable piel sintética de textura humana.

—¡Simple optogenética!, mucha fachada y poco contenido —dijo Samuel frunciendo la boca en gesto despectivo.

—Atentos que no habrá ya más paradas ni explicaciones —habló en tono solemne después de ajustarse la chistera—. Hemos viajado a través del espacio-tiempo casi a la velocidad de la luz. En ocho minutos-luz tendríamos que haber estado bajo la superficie del «Mare Moscuviense» en la cara oculta del satélite. Por viajar “low-cost”  hemos  pasado de largo y hecho dos paradas antes de recalar en la Luna con veinte minutos-luz de retraso. Lo peor fue que la materia de tres de nuestros colegas no ha podido ser restaurada. Hasta su recuperación, si es posible,  por ahí andan vagando en forma de onda taquiónica.

Las miradas se dirigieron al suelo y un escalofrío colectivo recorrió el grupo de comediantes formado por antiguos pacientes del “Hospital Psiquiátrico Borda” de Buenos Aires. Samuel esperó unos segundos.

—Nos vamos. Quedan cinco minutos de marcha. Dentro de un cuarto de hora en estos pasillos subálveos habrá una temperatura de -240ºC.

Echó a andar al lado del falso guerrero Nuba, apuntó al sombrero de copa en su cabeza y soltó una carcajada.

—Por favor, sean buenos y no pierdan de vista la señal.

Este texto fue creado para el Taller nº 34 de Literautas

 

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