Camino de Canfranc

El canfranero

El ayudante del maquinista recorrió el andén engrasando bujes y martillando las llantas de las ruedas. La luz débil de una bombilla única ayudaba a distinguir una sombra humana en la noche cerrada. La gorra roja identificaba al jefe de estación.
De repente la quietud y el silencio se rompieron. El jefe se movió con rapidez hacia el último coche de madera del cual salían ruidos e imprecaciones. En el balconcillo situado en el testero  del vagón apareció una extraña figura. De un salto se situó sobre el andén, en equilibrio sobre dos muletas. Ajustó las almohadillas bajo las axilas y se mantuvo en posición vertical sobre la pierna derecha. En la izquierda solo colgaba un muñón.
—¡La madre que lo parió! No son retretes para cojos. Parecen de juguete.
—¿Melgares?,  —dijo el hombre de la gorra roja—,  te están esperando.
— Cambio de planes. Que vayan subiendo al tren sin mi . Tú y yo hablaremos después. —Sin esperar respuesta rugió—. ¿Dónde está el cagadero?, que me vuelve el apretón ¡cojones!.
El hombre de la gorra miró al suelo y en silencio apuntó con la bandera de señales hacia una chabola en un lateral de la estación. Dándole la espalda se dirigió a la oficina en el edificio principal. El cojo se perdió en la sombra dando saltos.

Todo el tren estaba a oscuras salvo un pequeño resplandor rojizo en la locomotora. Algunos chorros de vapor junto a las ruedas señalaban actividad en el puesto de mando. El maquinista sentado al pie del fogón controlaba  el descenso del carbón desde la tolva. A la vez vigilaba la entrada de agua en la caldera al nivel preciso, para poder llegar a Canfranc sin tener que repostar de nuevo.
Dentro de la oficina  esperaban dos hombres al lado de una estufa de hierro en la que ardía leña. Uno de ellos con gafas  redondas y pequeñas se levantó con un diario en la mano.
—¿Cómo se pueden gastar 25 céntimos en esta morralla?. Estos no se enteran de que el final del fascismo está cerca. La única verdad que escriben es la fecha y ya tengo dudas —continuó en tono de guasa—. ¿Ya estamos en noviembre de 1943?.

El hombre sentado, apartó la vista del fuego y dijo entre risas

—Un dominical de ABC trae muchas hojas para quemar. Dame y verás que llama más hermosa .

El jefe impidió la acción con voz y ademán secos.
—Ni se te ocurra. Ese periódico será vuestra salvación. Movéos, tenéis poco tiempo. Finalmente nadie irá con vosotros. En la próxima parada alguien subirá  y se pondrá al lado de quien lleve visible el  diario ABC del día siete. No lo olvidéis.

Mientras hablaba los dos hombres actuaban con rapidez. Con corbatas, abrigos de cuero y sombreros negros de fieltro se transformaron. Eran el prototipo de avispados especuladores y aventureros fronterizos abundantes en la posguerra española.

—Ni sé vuestros nombres ni sabéis el mío. Para vosotros soy «gorra roja» y para mí sois «el gafas» y «el estirado».
Fuera silbó  la locomotora.
—Después de  salir, vais directamente al vagón detrás del correo. Cuando llegue el momento la persona que se siente a vuestro lado dejará un trapo de cuadros antes de bajar en la estación siguiente. Allí envueltos estarán vuestros papeles.

Acabó el discurso y les miró a los ojos por primera vez.

—¡Suerte!  —dijo y les abrazó.
—¡Salud!…, y ¡República! —contestaron uno a uno casi a la vez.
Con prisa subieron al tren según las instrucciones. El jefe de estación movió la bandera y «El Canfranero» tren con ruta desde Zaragoza hasta la Estación Internacional de Canfranc inició la marcha después de repostar en Ayerbe.

El hombre de gorra roja, aligeró el paso hasta la chabola bajo el pomposo rótulo de «URINARIOS». Intentó abrir la puerta pero algún obstáculo se lo impedía. Preguntó levantando la voz :
—Melgares, ¿estás bien?.
No obtuvo respuesta y sin más demora pateó hasta abrir un espacio entre el marco y la puerta.

Allí estaba el «cojo Melgares» entre estertores, con los pantalones caídos y el cuerpo semidesnudo rebozado en mierda y sangre. Con sus propias manos intentaba tapar los borbotones que fluían lentamente de un tajo en la garganta.

(Este texto forma parte del Taller de Literautas)
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