El último beso

Minotauro PintoLa camarera sonriente llega con unos desconocidos y completa la mesa . Intercambiamos un guiño y le muestro mi móvil con la fotografía tomada en este local hace un año.

—¿Sabes si vendrá hoy?

Abre los ojos y parpadea como una Betty Boop.

—No creo. Murió hace tres meses.

Sin dejarme replicar, se va  marcando giro de cintura.

—Enseguida vengo a tomar nota y te explico con detalle.

Se mueve ágil entre las mesas atestadas. Toma las  comandas de forma rápida  a una partida de japoneses inalterables. La sigo con la mirada y recuerdo mi embeleso cuando la conocí en mi viaje anterior a Barcelona.

En aquella ocasión me recomendaron esta pequeña taberna de La Barceloneta. Compartí mesa con un tipo mayor, estrafalario y pinta de galán de teatro rancio. Me sugirió tomar unas alcachofas a la plancha. Antes de empezar a comer rezó el  “Padre Nuestro” al revés. «Para espantar a los reptiles», afirmó tajante.

«Amén, mal todo de líbranos y deudores… —masculló la oración  y siguió con la cháchara confusa en forma de soliloquio en el que no pude intervenir:
»Mi nombre es Raimundo Iribarnegaray. Hijo de gallego y vasca. Me trajeron a la Barceloneta con cuatro años. Mi  padre era metalúrgico de Bilbao. Entró como fundidor en  la Maquinista Terrestre y Marítima. Al poco de llegar aquí,  mi madre murió. Del modo como siempre hizo todas las cosas, casi sin que nadie se enterase y sin querer molestar».

Mientras pelaba una alcachofa siguió el relato a saltos. En ocasiones escupía discretamente alguna parte más dura de la planta.

«Con el tiempo me fui de casa sin despedirme de mi padre. Recalé en Zaragoza por razones que no vienen al caso. Como los inviernos eran fríos pensé alistarme en la Legión. Por despiste me enganché en la Brigada Paracaidista y me enviaron a Canarias. En Las Palmas conocí al “Maño”. Mi gran amigo. Es único. La próxima vez que nos veamos se lo presento».

Acabadas las alcachofas pidió  “bombas” para dos y siguió con su farfulla:

«El Maño en aquel tiempo era un hombre guapo. De elegancia primitiva podría decirse. Cada semana salía a joder lo que pillase. Solo  eso, no era de enamoriscarse sin más. Sin saber cómo, se lió con una mujer a la que le gustaban los paracas. Como todo tiene su fin mi colega quiso dejar la relación. A ella no le gustó y pidió un último beso en una nota que el marido descubrió. Su marido era pescador y le gustaba el ron. Aquello acabó a navajazos y malos quereres sin entrar en más detalles. Ya dije que en asuntos de jodienda el Maño no andaba con melindres. Así que algún fin de semana se citaba con un juez que disfrutaba chupando su pitón. Gracias a eso la cosa quedó parada, pero tuvimos que pedir destino voluntario en el Sáhara».

Las “bombas” están hechas con una mezcla de patata con carne, rebozada y después frita, que se unta con alioli y salsa  brava. Comprobado ese punto, el discurso transcurrió como una salmodia:

«Hay días que le preparo bombas al Maño para que coma en casa. Él no sale casi nunca. Vive conmigo desde que volvimos de allí. Hacíamos  guardia cerca de las piedras de Rayem Mansur. No pasó mucho tiempo hasta que el Maño encontró la compañía de un beduino de piel gozosa y huecos acogedores. Saboreando la lefa de Mulay, aprendimos a  esquivar a otra “lefa” más peligrosa, una pequeña víbora del desierto de aspecto inofensivo y mordedura letal. Todo acaba y un día el Maño pensó que era el momento de dar el último beso a su amante. Aquella noche en la guardia entre suspiros conocimos un dicho de los Ulad Delim : “Quien no paga una deuda a un hombre del desierto, se arriesga a que el desierto se la cobre”».

Paró de súbito. Se puso en pie y con la mano en el pecho se dirigió a mi impostando la voz:

«Las deudas se pagan siempre. El final de aquella noche se lo contaré en otra ocasión. Le presentaré a mi amigo  y comeremos más bombas. Hoy  se acabaron. Ahora váyase».
Mi única reacción fue hacerle una foto.

Llega  la camarera y sonriendo me dice:

— Ese hombre, el de la foto, era un poco raro. Vivía solo en el barrio. Cuando entraron en su casa llevaba varios días muerto. Envenenado. Dicen que le picó algún bicho. Pobre. Le llamaban “el Maño”.

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Imagen : Dibujo de Javier Pinto .

El relato fue mejorado en el Taller de escritura Literautas (Taller Escena 31)

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