Un breve episodio

Se giró al escuchar el grito. Las pelotas de goma caían como granizo. Luego el silencio. Ella sintió ruidos internos, crujidos en los oídos. «Eran roces en la membrana basilar» según comentaron después los facultativos. Cuando llegaron las ambulancias quiso preguntar. Ya no pudo. Más tarde los forenses dirán : «Recibió el impacto en el ojo, por un disparo hecho con “tiro tenso”».

—¿Qué hacías tú en esa refriega? —preguntará su marido el policía, sin importarle la presencia de la psicóloga experta en emergencias.

Sensación de vacío. Recuerda un verso sin sentido de su adolescencia: «Siento el dolor de la oscuridad». Es verano y hasta hoy todo ha sido maravilloso.

—Eres una puta —dirá su marido el policía y lo hará borboteando saliva para que solo se oiga el silencio.

Sientes gotas de lluvia en la cara. No sabes si puedes hablar. No sabes si es ahora ni si fue mañana.

Hasta el mediodía brilló el sol. Llegaron las nubes del oeste y ella subió a la moto de Rachid “el marroquí” pegándose a su espalda. Cayó la lluvia en grandes gotas perfumadas de almizcle. Volvió el sol con un calor tórrido que invitaba a buscar sombra. Antes de entrar en la chabola él acarició el depósito de gasolina y estampó un beso en la cruz del manillar de la moto.

—Es mi hembra preferida —dijo, frotando la entrepierna, sin mirar a la mujer.

En la calle sabes que hay gente alrededor porque presientes sus voces. El ruido ausente dejó paso a un zumbido como millones de avispas en formación de combate. El tiempo no pasa y te acompaña inmóvil. Las pelotas de goma siguen cayendo en cámara lenta.

Los peritos de la Policía dirán en su declaración ante el juez que las pelotas de goma a tiro tenso pueden alcanzar una velocidad de 700 kilómetros por hora. Tratarán de no declarar que el “escopetero”, en la jerga policial responsable del disparo, estaba a menos de cuarenta metros. Los médicos explicarán con detalle que «el proyectil rompió la órbita del ojo y, superada la zona, llegó al ojo e hizo lo mismo.»

En la primera cita con Rachid “el marroquí” ella puso el coche. Fueron hasta la “colina del cuervo” en las afueras de la ciudad. Allí él bajó la cremallera del pantalón y ella admiró y chupó hasta el cansancio. El hombre quedó servido y dijo que entraba temprano a trabajar. Ella dijo que en la próxima ocasión quedarían solo para follar.

Empiezas a tener miedo por el frío que no tienes y por el sudor que te falta. Sabes que no sirve de nada tu famosa capacidad de raciocinio. Estás comprobando que el tiempo no existe y que su ausencia ocupa todo lo demás.

Antes de la segunda cita con Rachid, ella le dijo que era profesora y trató de explicarle el valor de la ciencia . Le habló de Poincaré.

—La vida no es más que una pausa entre dos eternidades de muerte —dijo ella sonriendo, a la vez que le acariciaba por encima del pantalón.

—No entiendo nada. Estás pirada, pero me pones cachondo.

—En la próxima ocasión me tocará a mí —respondió ella, aumentado la presión de la mano.

—Iremos en moto —dijo él rotando la pelvis.

En el juicio intentarán demostrar que fue mínimo el tiempo transcurrido antes de ordenar el alto el fuego. Desde que el “escopetero” hizo el disparo hasta el impacto en el ojo de ella solo habrían podido transcurrir dos décimas de segundo dirán los expertos.

Rachid “el marroquí” volteó a la mujer sobre el camastro. Ella supo que no le negaría nada cuando él «le apartase las nalgas, y viese de lleno el trigo oscuro, el diminuto botón dorado que se apretaba». Un recuerdo al marido policía y un gemido para disimular la sonrisa cuando él entró a fondo. Fue rápido y con la intensidad suficiente para desbordar cualquier expectativa. Antes de quedarse dormido, “el marroquí” le habló de recibos de la Hacienda Pública y le mostró fotos de su madre en una aldea del Rif. Ella decidió que ya era la hora de marchar. Se bajó del Metro, cerca del ministerio.

Te levantan y alguien dice : «Vamos bien. Morfina». Sientes un pinchazo en el hombro. Giraste la cabeza al escuchar el grito de tu marido. Ya han pasado cinco segundos, solo una pausa, un breve episodio.

Este relato se comentó originalmente en el taller de Literautas -Escena 40

La imagen corresponde a una reproducción de “La persistencia de la memoria” de Salvador Dalí

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Vacío a la nada

 

—Necesito un voluntario que me ayude —vocea el sacerdote.

—¿Valdría una voluntaria? —susurra la mujeruca.

—Repito y aclaro. Necesito que alguien me ayude —dice la figura seca de hábito  ennegrecido.

—Yo lo haría, si no tuviese que… —musita el joven rubicundo.

—Tú no harás nada hasta que se te diga —habla el adusto padre de familia.

En el exterior la multitud convertida en turba baila entre los restos del campamento festivo recién arrasado. Sobre uno de los catafalcos hay un hombre echado de bruces y convulsionando. Su lengua está clavada a una tabla cubierta por seda de color bermellón. Entre las piernas una estaca sujeta un cartel en el que se puede leer: «Gloria al Poeta».

Al fondo de la sima los únicos supervivientes del festín religioso se miran entre sí. El clérigo blande el hisopo.

—Parece que no se dan cuenta de que esto se hunde. Si no me hacen caso, me retiro solo —grita hacia las tres figuras situadas más abajo.

—Quiero volver a casa de la abuela —dice el orondo adolescente entre hipidos.

—Tú te empeñaste en venir. La virgen ni apareció ni va a aparecer  —solloza la mujer enteca apoyando en su protesta al que parece  hijo de la pareja.

El fraile se quita el ropaje con el que está disfrazado para el oficio. Debajo solo lleva una malla ajustada, de rayas horizontales amarillas y negras.

—Si quieren salir bien de esta situación, debe ayudarme alguien —dice en el último intento de arrastrar fuera del pozo a los insensatos personajes.

—Señor mío, si no hace más precisa su petición, nadie se moverá de aquí —habla con pomposidad el petimetre que ejerce de padre de familia—. Debo recordarle que la falta de precisión en el lenguaje puede llegar hasta provocar tragedias.

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Afuera, los otrora pacíficos habitantes del valle, transformados en invasores, dan los toques finales al saqueo del campamento de “los extraños”. En un momento se consolida una pintoresca columna humana que va dando vueltas alrededor del catafalco sobre el que agoniza el supuesto poeta. Un venerable anciano comienza el canto de “Vacío a la nada”, la única obra conocida del yaciente sufridor  :

 

Sin balas en la recámara,

Sin recámara en la pistola,

Sin pistola en la funda,

Sin cartuchos en la cartuchera.

Con lágrimas resecadas,

Con surcos sin sementera,

Con temblores sin montura,

Con estribos en la chaqueta.

Nada y todo van revueltos,

Un algo sin el con

vale más,

que toda la nada muerta.

La música de fondo para la salmodia se asemeja al runrún de una gigantesca gata en celo. Con la melopea improvisada los procesionarios se apropian también del himno sagrado de “los extraños”.

Los únicos recuerdos de su aparición en la comarca, se resumen en los libros:

«No llegaron de golpe. Se establecieron en la ladera de la montaña cerca de la balsa en la que  vertían los residuos de la fábrica de mercurio. Cumplieron como mano de obra barata para las minas de cinabrio. Al paso del tiempo también se ocuparon de los trabajos que nadie quería en el valle. Seguían a un jefe religioso conocido como “El Poeta”. Cuando cerró la primera mina, este santón se retiró al fondo de la misma y tuvo una visión celestial. Así empezó el culto a “Nuestra Señora de Cinabarita”. Y con el culto comenzó el negocio y la riqueza para los habitantes de la montaña.»

No hay recuerdos del inicio de la ruina de los habitantes del valle, aunque parece coincidir con el éxito de los montañeses .

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En el interior de la mina-santuario, el religioso termina de despojarse de los hábitos, se afianza en un resalte de la pared y ve como las tres figuras se hacen más pequeñas a medida que el terreno se va hundiendo bajo sus pies.

—Ahí se quedan. Nada se puede hacer ya. —Tira al vacío la estola blanca que aún tenía en las  manos—. Luego repta rápido hacia el punto de luz que señala la salida.

—¡Imbéciles!

El desfile de los saqueadores continúa  desde el campamento devastado hasta cerca del santuario. A la bocamina solo llega un pequeño grupo empujando  una vagoneta cargada de dinamita. En la estrofa final del estribillo: “…toda la nada muerta”, encienden la mecha, empujan el carretón y se vuelven corriendo.

Tal vez por eso no pueden disfrutar de la visión de una extraña figura, vestida de amarillo y negro, surgiendo de las entrañas de la tierra. Sólo hay tiempo y lugar para la gran explosión final. Amén.

Este relato participó en el taller de escritura nº39 de Literautas. Móntame una escena: en el campamento

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Doble juego

—Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte —dijo.

—El tuyo se estará cagando en tus muertos —contesté.

—Cuidadín Donato, no te pases…

«No hubo más palabras, mi teniente. Sobre la zona cayó fuego de mortero concentrado. Solo pensé en cumplir la misión encomendada. Horas antes siguiendo sus órdenes yo estaba en el Hospital de Grado. Debía investigar a un militar sospechoso de espiar para el ejército rojo. A la puerta del hospital encontré a un cabo legionario. Me extrañó, pero me cuadré en primer tiempo de saludo».

—A sus órdenes mi cabo. Se presenta Donato Melero, soldado de la…—Me hizo bajar la mano y no pude seguir.

—Correcto Donato. Por el acento eres gallego ¿de dónde?

«Él era muy joven y rubito de ojos casi transparentes. De buena planta luciendo chulo el uniforme de legionario y los correajes brillantes. No me cuadraba en esta guerra y menos en el Tercio. Yo sabía la misión encomendada, mi teniente. Obedecer las órdenes de aquel elemento, sin olvidar que debería intervenir si llegara el caso. No me imaginaba  lo que podría hacer aquel mentecato ni cómo llegó a pasar lo que pasó».

—Nací en Viveiro, mi cabo, cerca del mar.

—Perfecto paisano. También soy “mariñeiro”. Vamos a llevarnos bien, respeto al mando, confianza y seguro que cuadramos la misión —dijo, ofreciéndome la mano sonriente—. Me llamo Moncho, soy de Melgares cerca de Finisterre. Y no te fíes de la cara de “cativo”. A los once años ya rascaba percebes de los acantilados en la “Costa da Morte”. Es difícil asustarme —Acabó con una carcajada.

—Tomo nota cabo Moncho —dije riéndome a medias para no desentonar.

—¿Qué conoces de esta misión?

— Solo sé que debo ponerme a tus órdenes para escoltar a alguien del hospital.

—Hoy es la fiesta de la Virgen patrona de la Sanidad Militar. Como es sabido en este ejército abundan los meapilas. Así que después de misa, el capitán médico director del hospital y su machaca, un pijo de cuidado, irán en compañía de dos enfermeras a celebrar la fiesta en un prado cerca del río. Con gramófono y todo, tócate los cojones. Pues tenemos que cuidar que no los molesten en sus retozos.

—La verdad es que no me veo como mamporrero —dije pegando una  patada a una piedra y escupiendo entre dientes.

—Tranquilo que tengo otros planes aprovechando que estaremos en tierra de nadie entre trincheras. Les explicaré que iremos por delante y que nos mantendremos fuera de su vista. Serán unos beatos, pero van a lo que van y como picha tiesa no cree en Dios, agradecerán la falta de testigos —dijo entre risotadas.

«Así fue mi teniente. Solucionado el tema de la escolta no pude impedir la marcha hacia las posiciones del enemigo. La tarde era tibia y había claridad de sobra. Llegamos cerca del puente de Peñaflor. El legionario dio un silbido y alguien gritó desde la otra parte pidiendo santo y seña.

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El de Melgares contestó: «Muchachos, solo venimos dos. No está el día para pelea ¿nos concedemos una tregua?». Quedé mosqueado y expectante sin saber que hacer. Después de un momento desde el parapeto rojo gritaron «¡Vale, llevamos nosotros la baraja, dos a dos y sin marrullerías!».

—¿Sabes jugar a  “las siete y media”? —dijo enseñando el colmillo, los pulgares colgados del cinturón y la mano izquierda tocando la pistola— Es muy difícil ganar. Casi siempre sucede que o te pasas o no llegas. Y hablando de pasar alguien me dijo que hay un traidor entre nosotros. Supe que estaría hoy a la puerta del hospital. Y mira tú por donde que me encuentro con Donato, paisano y “mariñeiro”, ¡tiene cojones la cosa!…—Frunció los labios y soltó la hebilla de la funda del arma.

—Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte.

—El tuyo se estará cagando en tus muertos.

—Cuidadín Donato, no te pases…

«Verá mi teniente, todo apuntaba a una confusión, pero la cosa no me estaba gustando así que también yo decidí sacar la pistola. Y entonces empezaron los morterazos. Hubo un impacto fuerte y Moncho fue alcanzado por la metralla de un disparo. Conseguí traerlo hasta nuestro hospital con la pierna destrozada. Me parece que es un buen soldado adicto a nuestra cruzada y no  sospechoso de traición. Si no ordena alguna cosa más pido permiso para retirarme, no sin antes solicitar la concesión de una medalla para el cabo Moncho “Melgares”».

(Este relato fue mejorado a partir de los comentarios  en el Taller de Literautas “Móntame una Escena”)

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La elocuencia del silencio

«El anciano encontró la llave en…»

Te costaba leer el papel que asomaba del expediente con tu nombre. Además la bocamanga del uniforme impedía sacar alguna conclusión de lo escrito. El guardia civil recogió la hoja con tu firma, la metió en la carpeta, después la mano peluda de uñas largas te señaló la salida.

Han pasado dos días y por mucho que pienses llegas a la misma conclusión. Te están vigilando. Los muy cabrones se refieren a ti como anciano. Puede que tengan razón, pareces un jodido viejo. Y además saben que encontraste la llave. Vas a tener que cambiar de aires.

Estuviste en el bando de los que perdieron la guerra. Empezó la dictadura y te tocó desaparecer por unos años. La venganza es silenciosa. Eso es algo que saben en todos los pueblos y caseríos de la zona. Cuando volviste pasado mucho tiempo, tu mujer esperaba.

—No hagas caso de lo que te digan. Hablan sin saber —te dijo.

—¿Qué tengo qué saber?

—Nada —contestó ella.

Se creía que solo podían saber yguardia civil conocer los hombres de la Guardia Civil. Todo lo escuchaban.  Recorrían una y otra vez el monte buscando el último rastro de los maquis. Los perros los venteaban y ladraban fuerte. Tu perro no lo hacía, nació mudo. Como el perro, eres huesudo y larguirucho y hablas menos de lo necesario.

Un día, con el cambio de luna, tu mujer no bajó con las vacas. Nada se habló y nadie preguntó nada. Ni siquiera cuando el cura desapareció o cuando repartiste el ganado entre los vecinos.

Ahora vives solo con el  perro en esta casa destartalada en una cuesta imposible. Desde que desapareció tu mujer, los guardias civiles, en pareja, recorren más a menudo los caminos. Hablan poco, miran y escuchan. El otro día te avisaron que debías pasar a firmar por el cuartel en la villa. «¿Sabes algo del cura?» te preguntaron y te incitaron a contar lo que supieses. Tu respuesta fue recitar los versos que sabías:

«La elocuencia del silencio

enmudece lo que hablas.

Hay silencio en lo que dices

y decir en lo que callas».

No les gustó. «A que te suelto una hostia y estás hablando cinco días seguidos, ¡mamón!» dijo un guardia. Fue el otro quien te soltó la hostia. Será hijo de puta pensaste, pero te fuiste sin abrir la boca.

Seguro que en este momento hay un guardia civil en el camino del alto enfocando los prismáticos hacia la casa. Empieza el espectáculo. Como cada mes al primer cambio de luna, te pones ropa limpia.  Sales de casa y te agachas frente al perro . Está sentado y quieto, se deja  colocar un trozo de pan duro sobre el morro.

—Don Juan Marañón en la sierra del “Peral”, pasó todo el día cazando y no cazó nada. Pasó una perdiz… —silbas fino y largo y el perro endereza las orejas—…sonó el perdigón ¡boom!

Das una palmada, el perro hace un balanceo de cabeza tirando el mendrugo al aire  y sin dejar que toque el suelo lo come con rapidez. Haces una caricia al animal, tomas un crisantemo de la mata junto a la puerta y vais tras la casa. Un huerto pequeño y sombrío en el que solo hay una ligera elevación de tierra removida de forma oblonga. En el borde del montículo colocas la flor. El perro se sienta y tú sueltas los botones de la bragueta mientras cuentas.

-—Uno, dos, tres, cuatro y cinco…—  al final haces un chasquido sonoro de la lengua.

Apartas la portañuela y dejas salir el vergajo del que te sientes orgulloso . Con calma mueves la cabeza a izquierda, derecha, arriba y abajo. Al acabar fijas la vista en la punta morada del órgano erecto y tras cortos y estudiados meneos proyectas cuantiosa eyaculación a los cuatro puntos cardinales. Así completada la señal de la cruz, recudes el goteo final sobre el crisantemo recién colocado. De nuevo, un chasqueo de lengua y el perro obediente levanta la pata y deshoja  la flor  con su meada.

Cumplida la misión y rehechas las figuras, volvéis rodeando la casa sin mirar atrás y sin decir palabra. Ya se comentó que hablas poco y que el perro es mudo.

Cuando vuelvan los guardias civiles encontrarán la casa cerrada y vacía. Para el expediente harán un nuevo informe que tampoco podrás leer y tal vez empiece así:

«El anciano desapareció con la llave y el perro…»

(El texto fue comentado en el Taller de escritura de Literautas)

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¿Por qué?

—¿Raúl? —preguntó con suavidad después de una profunda aspiración.

—Diga, sí, sí… —respondió agitado desde el otro lado de la mesa.

A ella le brillaban los ojos. La mirada del hombre estaba fija, parpadeo lento y vista perdida en la boca de la mujer.  No movía apenas los músculos de su cara.

Eran los únicos clientes del Café-bar en el  Museo Marítimo de Barcelona que permanecían dentro del local. Los sonidos del exterior llegaban amortiguados por las grandes cristaleras del establecimiento.

—¿Sabes quien soy? ¿recuerdas?

—Pocos recuerdos me van quedando. Y los que no se atreven a marchar los olvido—. Inició una mueca como esbozo de sonrisa a la vez que con un ligero temblor intentaba acercar su mano al brazo de la mujer—. Tú eres Montse… o tal vez Meritxell…no… espera, Mertxe eso es, te recuerdo muy bien Mertxe.

—Soy Marta…

—Claro Marta, ¿cómo iba olvidar a Marta? —Empezó una carcajada sin sentido que cortó enseguida—. ¿Por qué cambiictineo_iaste de nombre, Mertxe?

Fuera, en el patio, algunos niños jugaban en la arena sucia saltando alrededor de un submarino de madera con forma de pez. En las mesas de la terraza del bar los adultos acompañantes se dejaban acariciar por el sol picante de primavera, preludio de tormenta. La algarabía de los gritos infantiles competía con los chillidos de loros agapornis  y cotorras argentinas en reñida competición por ocupar la arboleda del jardín.

—Para la señorita un refresco de limón y para mí un batido de cacao y coñac —pidió, con exasperante lentitud, a la camarera que esperaba paciente.

La empleada de edad indefinida pero de aspecto muy joven se retiró. Antes ofreció una mueca gélida mostrando una dentadura perfecta de belleza eslava. Ni una palabra, ni un gesto de asombro ante la extraña pareja.

Él hizo un mínimo movimiento de cabeza para señalar una vieja y sucia mochila sobre la silla vacía a su derecha. Ella abrió la cremallera y  vió un amasijo mugriento de bolsas de plástico vacías encima de las cuales había un trozo de madera con dos cables eléctricos despeluchados sin función ninguna.

—Raúl escúchame, no podíamos hacerlo, había niños ¿Recuerdas? —dijo con voz ahogada.

—Claro que recuerdo Mertxe —contestó apoyado en un color de voz más profundo— por eso cayó el grupo. Esta vez no será así —siguió hablando desde la expresión rígida— cuando llegue Marta ella se encargará de acoplar el reloj al detonador.

—Marta soy yo —dijo ella casi inaudible.

—Señora su refresco, señor su… consumición —habló  la empleada del restaurante, interrumpiendo la atípica conversación.

—Marta vendrá sin duda —dijo Raúl— solo falló aquella vez y por eso se salvó de la cárcel. La he citado como siempre. No te preocupes Mertxe que Marta vendrá  —dijo sin casi mover un músculo.

—Anteayer me sorprendió la visita inesperada del cartero con un correo certificado—. Sacó del bolso una tarjeta postal y prosiguió hablando— Es una fotografía del «Ictíneo I», ese submarino alrededor del cual juegan los niños. En el dorso está escrito :  fecha 7 de Mayo, hora  5 de la tarde y la letra «R».

—Lo sé Mertxe, la envié yo —habló casi sin mover un músculo.

—Mertxe ya ha muerto Raúl —dijo con suavidad sin apenas aire en sus pulmones— soy Marta y solo quedamos tú y yo del grupo —continuó hablando en un continuo  jadeo— ¿qué queda de nosotros?

Las nubes taparon el sol, el rayo y el trueno se juntaron encima de la ciudad y la tormenta de primavera descargó. Afuera en el patio no quedó nadie, las cotorras y loros pandilleros se dispersaron por la ciudad de Barcelona. Transcurrió un instante eterno hasta que se encendieron las luces en el café.

—Raúl estamos en 2016, han pasado más de cuarenta años desde aquello. ¿Recuerdas que había niños? —hablaba con enorme esfuerzo apurando el resuello.

Esperó respuesta en vano. A pesar de la penumbra apreció el temblor en los labios y  en la mano derecha del hombre. Tomó aire y continuó hablando.

—Yo fuí quien avisó a la policía —Él continuó con semblante inexpresivo—. Te voy a repetir la pregunta que te hice aquella vez y no tuve respuesta: «¿Por qué había que poner la bomba, Raúl? ¿Por qué?»

En silencio miró el rostro de ademán hierático, después se dirigió a la salida. No miró atrás cuando oyó su voz lenta.

—No sé el por qué. Marta ¿tú lo sabes? ¿Alguien lo sabe?

 

 

Este relato se  ha mejorado con la ayuda del Taller Literautas

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Motín lunar

 

—¿Adónde vamos? —preguntó Wilma Two.

—¡A la mierda! —respondió Samuel One el director

—Estoy cansada, tengo frío y me duelen los pies. No doy un paso más sin saber de qué va esto.

—Es verdad…mmyyo…

—No se puede…esstmm…

—Ya estuvo bien…gorrmssi…

—A mí que no me…

Desde  atrás los murmullos iban en aumento.

—Si no sabe que entregue la chistera.

—¡Stop! ¡Alto, rediós! —gritó Samuel One al «andro-guía» que señalaba el camino. Se paró en seco, asentó el tacón cubano y giró con lentitud  hasta encarar al grupo que venía retrasado.

—¿Qué cojones pasa, Seven? —dijo con voz tronante a la vez que metía panza para abotonar la media levita de color fucsia.

—¿Me hablas a mí, One? —habló grave y desafiante un tipo desgarbado de ojos saltones y cuatro pelos en la barbilla—. Mi nombre es Beltrand .

Tenía la nariz plagada de protuberancias como una patata grillada de color malva. Vestía blusón verde brillante sobre un pantalón pirata a juego. Desde las botas, dos tallas mayores, asomaban calcetines rayados cubriendo apenas las canillas.

—¡No me digas! —contestclac_34ó One, alargando las vocales en tono de burla— Y también te llaman «el Napias» ¿Por qué será?

Rompió a reír, hizo un movimiento visto y no visto del brazo derecho y desde el sobaco izquierdo extrajo un “clac”, artilugio plegado que ayudado por muelles ocultos se transformó en elegante sombrero de copa alta

—¿Alguien quiere la chistera de mando?— esbozó una sonrisa de monja meliflua mientras atusaba el sombrero forrado de piel de topo lunar. Sin esperar respuesta se lo encasquetó con estudiado descuido. Nadie en el grupo articuló palabra. Entre las instrucciones recibidas cuando salieron de la Tierra, quedaba claro que mientras durase el contrato se identificarían por números en lengua inglesa.

—Sabido ya quién manda, intentaremos aclarar lo que haga falta para llegar a Baikonur-2, lugar previsto para hacer versión libre del teatro de Chejov por el grupo «La Tramoya». Y si la memoria no me falla, ese grupo somos nosotros. Así que tonterías las justas y a ver que nos cuenta este guapo mozo.

Sin dar la vuelta chasqueó los dedos y el «andro-guía» se colocó a su lado. Este androide para el servicio de guía en la Luna era copia de un guerrero alto y musculado del pueblo Nuba en Sudán. Solo vestía un taparrabos en forma de tubo rígido sobre el que convergieron las miradas de los cuatro hombres y tres mujeres, supervivientes del grupo procedente de la Tierra. Salomon, portador del sombrero de copa, empuñó la pirindola en la entrepierna del androide y la elevó con un movimiento enérgico hasta la posición erecta. El humanoide emitió unos crujidos y una especie de tos catódica,  después comenzó a hablar en un decepcionante tono de “castrati” desafinado que para nada correspondía a su magnífica estructura corporal.

«Grupo de ustedes vosotros no bien control en salto de hiper-espacio…Brsssh… Onda taquiónica no colapsó materia de tres de sus compañeros…Ellos no aparecieron en Luna…».

Los ruidos e interferencias aumentaron. A una señal del director, Wilma voluntariosa  aferró a dos manos el interruptor del robot y lo dejó en posición de badajo colgante. Ya de pasada acarició la admirable piel sintética de textura humana.

—¡Simple optogenética!, mucha fachada y poco contenido —dijo Samuel frunciendo la boca en gesto despectivo.

—Atentos que no habrá ya más paradas ni explicaciones —habló en tono solemne después de ajustarse la chistera—. Hemos viajado a través del espacio-tiempo casi a la velocidad de la luz. En ocho minutos-luz tendríamos que haber estado bajo la superficie del «Mare Moscuviense» en la cara oculta del satélite. Por viajar “low-cost”  hemos  pasado de largo y hecho dos paradas antes de recalar en la Luna con veinte minutos-luz de retraso. Lo peor fue que la materia de tres de nuestros colegas no ha podido ser restaurada. Hasta su recuperación, si es posible,  por ahí andan vagando en forma de onda taquiónica.

Las miradas se dirigieron al suelo y un escalofrío colectivo recorrió el grupo de comediantes formado por antiguos pacientes del “Hospital Psiquiátrico Borda” de Buenos Aires. Samuel esperó unos segundos.

—Nos vamos. Quedan cinco minutos de marcha. Dentro de un cuarto de hora en estos pasillos subálveos habrá una temperatura de -240ºC.

Echó a andar al lado del falso guerrero Nuba, apuntó al sombrero de copa en su cabeza y soltó una carcajada.

—Por favor, sean buenos y no pierdan de vista la señal.

Este texto fue creado para el Taller nº 34 de Literautas

 

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El mañana es infinito

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—Han asesinado al enlace «O Moucho». No vuelva la cabeza y siga escuchando a ese fantoche vestido de mariscal.

«Señoras y caballeros, distinguidos conciudadanos. Estamos de celebración. Durante todo este mes de Agosto de 1943, tendré el honor de ser el encargado de los mandos del “Elevador de Santa Justa ” también llamado “Ascensor do Carmo”. Este es el primer viaje que hacemos como  “Compahia da Carris de Lisboa” y no como una sociedad inglesa,…»

—Cuando el fulano abra la puerta de una puta vez, diríjase al fondo de la cabina siguiendo el banco de la izquierda cerca de la salida. Habrá un lugar para usted.

«Pueden ir entrando despacio, de uno en uno. Por razones de diseño en esta cabina de subida solo podrán entrar veintitrés personas como máximo. Adelante, disfruten del ambiente y aprecien los espejos, el impecable  revestimiento de madera y los accesorios de brillante latón. Pónganse cómodos en los bancos laterales. Por favor, el caballero con muletas  puede pasar en primer lugar…»

—Ya era hora. Joder con el tipo roncera y su discurso. Acérquese amigo y siéntese a mi lado. Con el muletaje monto aquí una barrera que te cagas y ya no hay quien se arrime.
—¿Quién es usted?
—Espere que saco del macuto algo que le interesa. Aquí está el puñetero diccionario Latín-Español. Tendrá que hojearlo.
—Falta una nota entre las páginas treinta y uno y treinta y dos.
—Juojuo…, si será cabrón. Entre caras de la misma hoja no cabe nada. Para meter algo entre dos páginas, la primera debe ser número par y la segunda impar. Muy hábil, sí señor. Yo tengo lo que «O Moucho» debería haber metido entre la página treinta y dos y la  treinta y tres del diccionario, que sí son hojas distintas. Aquí está, la mitad de una tarjeta que trae escrito «Hodie midi…». Con el trozo que falta y usted tiene, completamos el acertijo. ¿Comprobamos?
—Correcto. «Hodie mihi, cras tibi». Cuénteme ahora que está pasando.
—Joder que seriedad. ¿No tendrá estreñimiento? ¿Qué carallo significa el latinajo?
—«Hodie mihi, cras tibi» , hoy a mi, mañana a ti. Vamos al grano. ¿Quién es usted?
—Se lo digo con una adivinanza. Me falta una pierna y soy de Melgares, así que la respuesta es…¡tantatachán!
—¿El «Cojo Melgares»?
—El mismo que viste y calza un solo pie. Represento a la Federación de Guerrillas de Galicia y León
—No debería estar aquí entonces. ¿Qué sucedió?
—No hay cojones, ni haciéndole cosquillas se ríe usted. Hombre triste llevando sombrero panamá y gafas redondas oscuras, solo puede ser el «Profesor».
—Correcto. Apure la explicación. Son siete plantas y ya pasamos la tercera. ¿Cómo asesinaron al enlace?
—Asfixiado. Un tapón de champán encajado en la garganta y una braga de seda taponando la boca. Dicen que de esa manera se muere con el rabo tieso
—Tenemos que parar la operación.
—Calma amigo «Profesor»; a golpe de mar, pecho sereno dicen en mi tierra. En la mesita de la habitación estaba el diccionario en paquete original sin pinta de haberlo tocado nadie. Lo desenvolví yo y lo comprobé. El difunto estaba en pelota picada y un rótulo rojo escrito en la barriga «Por traición». Un lápiz de labios “Milady” señalaba a la chorra de «O Moucho». Así que me parece que los tiros apuntan a otro lado.
—¿Qué hago entonces con el pasaje para el barco de mañana?
—Rómpalo. Aunque parezca un asunto de jodienda no me fío de la Policía de Vigilância e Defesa do Estado. El piloto inglés ya no irá en barco. Consiga dos billetes para el Clipper de la Pan-American. Los necesito hoy de noche.

«En breve llegaremos al final del viaje en esta maravillosa obra de arte que es el ascensor de Santa Justa. Habremos salvado de una forma cómoda y agradable los cuarenta y cinco metros de desnivel desde la “Baixa Pombalina” hasta alcanzar la colina de Chagas una de las más bellas de Lisboa. Pueden acceder por la pasarela que une la torre del ascensor con la plaza. Quienes así lo prefieran pueden seguir disfrutando de esta maravilla…»

—Profesor, yo bajo en el ascensor. Usted seguirá la ruta andando por arriba. El inglés saldrá de Lisboa en el hidroavión, y no irá solo. Cenamos en «A tendinha», usted traerá los billetes. Yo invito al bacalhau al forno.
—Salud…
—Al fin sonríes, cojones. Salud y República.

 

(Este relato fue comentado en Literautas – Escena 33)
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Camino de Canfranc

El canfranero

El ayudante del maquinista recorrió el andén engrasando bujes y martillando las llantas de las ruedas. La luz débil de una bombilla única ayudaba a distinguir una sombra humana en la noche cerrada. La gorra roja identificaba al jefe de estación.
De repente la quietud y el silencio se rompieron. El jefe se movió con rapidez hacia el último coche de madera del cual salían ruidos e imprecaciones. En el balconcillo situado en el testero  del vagón apareció una extraña figura. De un salto se situó sobre el andén, en equilibrio sobre dos muletas. Ajustó las almohadillas bajo las axilas y se mantuvo en posición vertical sobre la pierna derecha. En la izquierda solo colgaba un muñón.
—¡La madre que lo parió! No son retretes para cojos. Parecen de juguete.
—¿Melgares?,  —dijo el hombre de la gorra roja—,  te están esperando.
— Cambio de planes. Que vayan subiendo al tren sin mi . Tú y yo hablaremos después. —Sin esperar respuesta rugió—. ¿Dónde está el cagadero?, que me vuelve el apretón ¡cojones!.
El hombre de la gorra miró al suelo y en silencio apuntó con la bandera de señales hacia una chabola en un lateral de la estación. Dándole la espalda se dirigió a la oficina en el edificio principal. El cojo se perdió en la sombra dando saltos.

Todo el tren estaba a oscuras salvo un pequeño resplandor rojizo en la locomotora. Algunos chorros de vapor junto a las ruedas señalaban actividad en el puesto de mando. El maquinista sentado al pie del fogón controlaba  el descenso del carbón desde la tolva. A la vez vigilaba la entrada de agua en la caldera al nivel preciso, para poder llegar a Canfranc sin tener que repostar de nuevo.
Dentro de la oficina  esperaban dos hombres al lado de una estufa de hierro en la que ardía leña. Uno de ellos con gafas  redondas y pequeñas se levantó con un diario en la mano.
—¿Cómo se pueden gastar 25 céntimos en esta morralla?. Estos no se enteran de que el final del fascismo está cerca. La única verdad que escriben es la fecha y ya tengo dudas —continuó en tono de guasa—. ¿Ya estamos en noviembre de 1943?.

El hombre sentado, apartó la vista del fuego y dijo entre risas

—Un dominical de ABC trae muchas hojas para quemar. Dame y verás que llama más hermosa .

El jefe impidió la acción con voz y ademán secos.
—Ni se te ocurra. Ese periódico será vuestra salvación. Movéos, tenéis poco tiempo. Finalmente nadie irá con vosotros. En la próxima parada alguien subirá  y se pondrá al lado de quien lleve visible el  diario ABC del día siete. No lo olvidéis.

Mientras hablaba los dos hombres actuaban con rapidez. Con corbatas, abrigos de cuero y sombreros negros de fieltro se transformaron. Eran el prototipo de avispados especuladores y aventureros fronterizos abundantes en la posguerra española.

—Ni sé vuestros nombres ni sabéis el mío. Para vosotros soy «gorra roja» y para mí sois «el gafas» y «el estirado».
Fuera silbó  la locomotora.
—Después de  salir, vais directamente al vagón detrás del correo. Cuando llegue el momento la persona que se siente a vuestro lado dejará un trapo de cuadros antes de bajar en la estación siguiente. Allí envueltos estarán vuestros papeles.

Acabó el discurso y les miró a los ojos por primera vez.

—¡Suerte!  —dijo y les abrazó.
—¡Salud!…, y ¡República! —contestaron uno a uno casi a la vez.
Con prisa subieron al tren según las instrucciones. El jefe de estación movió la bandera y «El Canfranero» tren con ruta desde Zaragoza hasta la Estación Internacional de Canfranc inició la marcha después de repostar en Ayerbe.

El hombre de gorra roja, aligeró el paso hasta la chabola bajo el pomposo rótulo de «URINARIOS». Intentó abrir la puerta pero algún obstáculo se lo impedía. Preguntó levantando la voz :
—Melgares, ¿estás bien?.
No obtuvo respuesta y sin más demora pateó hasta abrir un espacio entre el marco y la puerta.

Allí estaba el «cojo Melgares» entre estertores, con los pantalones caídos y el cuerpo semidesnudo rebozado en mierda y sangre. Con sus propias manos intentaba tapar los borbotones que fluían lentamente de un tajo en la garganta.

(Este texto forma parte del Taller de Literautas)
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Botella con mensaje

Lorena Yarra , periodista hija de española de Asturias y sirio de Alepo terminó de escribir y sin más dio a la tecla de enviar a su periódico. Una hora antes estuvo grabando la carta que una mujer del campo de Kara Tepe le iba leyendo en armenio. Después la metió en una botella pidiéndole que la echase al mar. Se despidieron con un abrazo.

«No voy a escribir más tu nombre. Hasta que vea tu figura, hasta que pueda leerte de tu puño y letra. Te escribo cerca de Mitilene, la ciudad  de Safo. ¿Cuántas veces soñamos con viajar desde Alepo, hasta la «Casa de las Servidoras de las Musas» para leer nuestros poemas ?. Hoy querida mía, estoy aquí en el campo de Kara Tepe, rodeada de supervivientes como yo de tanto horror, de tanta miseria y de tantos naufragios. Cuando alguien me rescató grité tu nombre y no estabas. Este no era nuestro viaje soñado. Este recorrido desde Turquía no era el que pensábamos. Nosotras éramos diferentes querida mía. Entrego al mar esta carta, porque el mar te llevó y el mar te va a devolver. Y de algún modo volveremos a amarnos las dos, supervivientes en Lesbos.»

margaret_durow

 

(Fotografía de Margaret Durow)

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El último beso

Minotauro PintoLa camarera sonriente llega con unos desconocidos y completa la mesa . Intercambiamos un guiño y le muestro mi móvil con la fotografía tomada en este local hace un año.

—¿Sabes si vendrá hoy?

Abre los ojos y parpadea como una Betty Boop.

—No creo. Murió hace tres meses.

Sin dejarme replicar, se va  marcando giro de cintura.

—Enseguida vengo a tomar nota y te explico con detalle.

Se mueve ágil entre las mesas atestadas. Toma las  comandas de forma rápida  a una partida de japoneses inalterables. La sigo con la mirada y recuerdo mi embeleso cuando la conocí en mi viaje anterior a Barcelona.

En aquella ocasión me recomendaron esta pequeña taberna de La Barceloneta. Compartí mesa con un tipo mayor, estrafalario y pinta de galán de teatro rancio. Me sugirió tomar unas alcachofas a la plancha. Antes de empezar a comer rezó el  “Padre Nuestro” al revés. «Para espantar a los reptiles», afirmó tajante.

«Amén, mal todo de líbranos y deudores… —masculló la oración  y siguió con la cháchara confusa en forma de soliloquio en el que no pude intervenir:
»Mi nombre es Raimundo Iribarnegaray. Hijo de gallego y vasca. Me trajeron a la Barceloneta con cuatro años. Mi  padre era metalúrgico de Bilbao. Entró como fundidor en  la Maquinista Terrestre y Marítima. Al poco de llegar aquí,  mi madre murió. Del modo como siempre hizo todas las cosas, casi sin que nadie se enterase y sin querer molestar».

Mientras pelaba una alcachofa siguió el relato a saltos. En ocasiones escupía discretamente alguna parte más dura de la planta.

«Con el tiempo me fui de casa sin despedirme de mi padre. Recalé en Zaragoza por razones que no vienen al caso. Como los inviernos eran fríos pensé alistarme en la Legión. Por despiste me enganché en la Brigada Paracaidista y me enviaron a Canarias. En Las Palmas conocí al “Maño”. Mi gran amigo. Es único. La próxima vez que nos veamos se lo presento».

Acabadas las alcachofas pidió  “bombas” para dos y siguió con su farfulla:

«El Maño en aquel tiempo era un hombre guapo. De elegancia primitiva podría decirse. Cada semana salía a joder lo que pillase. Solo  eso, no era de enamoriscarse sin más. Sin saber cómo, se lió con una mujer a la que le gustaban los paracas. Como todo tiene su fin mi colega quiso dejar la relación. A ella no le gustó y pidió un último beso en una nota que el marido descubrió. Su marido era pescador y le gustaba el ron. Aquello acabó a navajazos y malos quereres sin entrar en más detalles. Ya dije que en asuntos de jodienda el Maño no andaba con melindres. Así que algún fin de semana se citaba con un juez que disfrutaba chupando su pitón. Gracias a eso la cosa quedó parada, pero tuvimos que pedir destino voluntario en el Sáhara».

Las “bombas” están hechas con una mezcla de patata con carne, rebozada y después frita, que se unta con alioli y salsa  brava. Comprobado ese punto, el discurso transcurrió como una salmodia:

«Hay días que le preparo bombas al Maño para que coma en casa. Él no sale casi nunca. Vive conmigo desde que volvimos de allí. Hacíamos  guardia cerca de las piedras de Rayem Mansur. No pasó mucho tiempo hasta que el Maño encontró la compañía de un beduino de piel gozosa y huecos acogedores. Saboreando la lefa de Mulay, aprendimos a  esquivar a otra “lefa” más peligrosa, una pequeña víbora del desierto de aspecto inofensivo y mordedura letal. Todo acaba y un día el Maño pensó que era el momento de dar el último beso a su amante. Aquella noche en la guardia entre suspiros conocimos un dicho de los Ulad Delim : “Quien no paga una deuda a un hombre del desierto, se arriesga a que el desierto se la cobre”».

Paró de súbito. Se puso en pie y con la mano en el pecho se dirigió a mi impostando la voz:

«Las deudas se pagan siempre. El final de aquella noche se lo contaré en otra ocasión. Le presentaré a mi amigo  y comeremos más bombas. Hoy  se acabaron. Ahora váyase».
Mi única reacción fue hacerle una foto.

Llega  la camarera y sonriendo me dice:

— Ese hombre, el de la foto, era un poco raro. Vivía solo en el barrio. Cuando entraron en su casa llevaba varios días muerto. Envenenado. Dicen que le picó algún bicho. Pobre. Le llamaban “el Maño”.

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Imagen : Dibujo de Javier Pinto .

El relato fue mejorado en el Taller de escritura Literautas (Taller Escena 31)

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